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De rincones, luces y alumbramientos

Liberty Valance

 

DERRIDAJACQUES.

 

 

De rincones, luces y alumbramientos.

 Tras la estética del mito subyace un discurso sociológico, el que advierte que la mujer que adquiere el conocimiento hará tambalearse los cimientos del sistema.

 Cassandra, la adivina. Profetas, gitanas y el teatro burlesco victoriano.

Laura Monrós

 

El cortejo irrumpe en la calle sombría, todo está tranquilo a su paso. Se detiene al pie de la escalera posterior de la casa y un hombre, seguro de sí mismo, despierta a una mujer para que salga a curar las heridas de un moribundo. Ella irrumpe en la escena del buen samaritano, provista de una lámpara de alcohol en las manos, poniendo luz en ese rincón y resaltando uno de los vértices del triángulo que hay en esta historia.

Recuerdo que siendo muy niño me llamaba mucho la atención cuando escuchaba decir que una mujer había dado a luz. Una vez pregunté en casa, qué era eso de dar a luz, mi madre se levantó, prendió el interruptor de la corriente y se encendió la lámpara del comedor, –esto es dar la luz–. No quedé muy conforme con aquella respuesta, pues a pesar de que era ingenuo, algo me decía que me ocultaban información. Cuando he revisado El hombre que mató a Liberty Valance –John Ford 1962– he encontrado una respuesta a mi pregunta, percibiendo los matices entre “dar la luz” y “alumbrar”.

El relato que inspiró el guion de la película lo escribió Dorothy M. Johnson y comienza diciéndonos que en 1910 murió Bert Barricune –Tom Doniphon en la pantalla–. En ese mismo año murió, en Londres, Florence Nightingale, una mujer que dejó huella en la restrictiva sociedad victoriana que le tocó vivir. Perteneciente a una familia de la alta sociedad, el destino de las mujeres entonces no era la universidad o una carrera profesional, sino encontrar el marido adecuado. Pero ella tuvo suerte ya que su padre sí consideró adecuado darle educación y desarrollo personal en ciencias y letras, algo inusual en aquel tiempo de hombres.

¿Qué clase de hombres sois?’ –pregunta Ransom Stoddard, abogado en busca de fortuna, a los bandidos que les asaltan en el camino y maltratan a una pobre viuda. Liberty Valance, violento pistolero, le contesta con otra pregunta, después de golpearle ‘¿y tú, qué clase de hombre eres?’. El título nos invita a averiguar qué hombre mató a otro hombre y, por lo tanto, a desvelar una leyenda, lo que inmediatamente interesa mucho a la prensa. No está bien hacer spoilers y por tanto no seguiré el itinerario de los hombres, sino el que nos dirige a la trastienda, a la puerta de atrás en la que discurre Hallie, la protagonista femenina que, en cierta medida, emula la leyenda de la mujer que contribuyó decisivamente al desarrollo de la profesión de enfermería a mediados del siglo XIX.

José Luís Garci dice que en esta cinta “destaca la ‘prevención’ ante la llegada de un tiempo distinto, menos honorable, una nueva época podríamos decir que arrinconará las pocas cosas decentes y de valor de la vieja sociedad. Ford, una vez más, reflexiona sobre el mito.” – (Las siete maravillas del cine – José Luis Garci -pag. 197 -Notorius Ediciones. Madrid 2015). Sin duda, toda ella, refleja un estado de ánimo testamentario, algo que se acaba y que no volverá a ser igual, contado desde la melancolía. Sin embargo, me interesa poner de relieve que, todo el ocaso que contiene, se refiere al status de lo masculino.

El eje vertebrador de los cambios que cuenta lo encontramos en la cocina, escenario principal –todos los demás son secundarios–, en ella discurren los acontecimientos determinantes. La primera cura de Ransom. ‘Un poco de ley y orden no le vendrían mal a este lugar’ –dice Hallie, ante el anuncio del abogado de utilizar la ley para enfrentarse al bandido–. La noche del sábado, en que Ransom desempeña el rol femenino para activar el nuevo tiempo y la segunda cura de Ransom, tras el duelo. ‘Siento haber llegado demasiado tarde, Hallie’ –afirma Tom Doniphon, el hombre duro del Oeste, cuyas heridas ya no tienen cura.

Dorothy Johnson describe en el relato, cómo Hallie observa a Random Foster –Ransom Stodard en la película– leyendo un libro de Platón que estaba escrito en griego, circunstancia chocante en las praderas del viejo oeste americano (Florence Nightingale colaboró, en sus últimos años, traduciendo al inglés los Diálogos de este autor). Queda tan sorprendida, que siente un deseo indómito por aprender a leer. La autora pone de relieve la inquietud de las mujeres de aquel tiempo por estudiar. Ford, sin embargo, para filmar este momento, vuelve a dar protagonismo en la escena a la lámpara de alcohol, reaparece así el espíritu de Florence Nightingale, conocida por los soldados británicos que combatían en la Guerra de Crimea, como la dama de la lámpara, ya que en las noches hacía rondas entre los heridos alumbrando con una de ellas. Pero aquí no hay lectura de los clásicos, sino un hombre en el fregadero –en rol femenino–, leyendo códigos jurídicos, y una mujer que, sorprendida en su realidad, repugna la situación y se justifica a sí misma reprochándole a Ransom, –¿Para qué? ¿De qué sirve saber leer y escribir? Fíjate en ti, con un delantal fregando platos–. Sin embargo, esa lámpara alumbra el deseo y la decisión final de aprender.

Charles Maurice Talleyrand –político destacado de la Revolución Francesa– en su Informe sobre la educación pública, dirigido a la Asamblea Nacional Constituyente de Francia, en 1791, afirmaba “Los hombres están destinados a vivir en el escenario del mundo. Una educación pública es apropiada para ellos: pronto les pone frente a los ojos todas las escenas posibles de la vida, sólo las proporciones cambian. El hogar paterno es mejor para la educación de las mujeres: tienen menos necesidad de aprender a manejar los intereses de los otros que de acostumbrarse ellas mismas a una vida tranquila y apartada”. Esta concepción tuvo una notable contestación por parte de la escritora y filósofa Mary Wollstonecraft que escribió, el que se conoce como primer libro de reivindicación de género a finales del siglo XVIII, Vindicación de los Derechos de la Mujer, en el que pedía que las Leyes del Estado se usaran para terminar con las tradiciones de subordinación femenina, retando al gobierno revolucionario francés a que instaurase una educación igualitaria.

Ransom Stodard licenciado en derecho’ lee con ironía Tom Doniphon en el cartel, que se ha fabricado el abogado friegaplatos, y que ha puesto sobre uno de los estantes en la cocina. Es la noche del sábado y el restaurante está lleno de hombres ávidos de diversión, lo que motiva que el cocinero encargue al abogado servir las mesas, a lo que Hallie se opone con coraje ‘¿Cuándo se ha visto que un hombre sirva las mesas?’

Quien se ha propuesto resolver los problemas al amparo de la Ley, asume así el rol femenino y pasa al comedor, dónde se ejerce el poder, entendido como supremacía, sustentado en la violencia masculina. La tensa escena de enfrentamiento de los dos pistoleros, Tom y Liberty, termina con una afirmación categórica de Ransom, en su papel de mujer, reivindicando la emancipación y rechazando la tutela. ‘No quiero que nadie luche por mí’.

Un discurso maduro sobre el desempeño de la autoridad se desenvuelve a continuación, gracias al paréntesis que se abre, cuando Tom –el hombre– abandona la ciudad. En uno de los planos más bellos de la película, podemos verle salir de la cocina y caminar hacia la oscuridad, mientras que Hallie le observa, iluminada en el umbral de la puerta, junto a la lámpara de alcohol. Esta secuencia tiene un antecedente, en el magnífico comienzo de Centauros del desierto –John Ford 1956–, cuando Martha abre la puerta de la casa para recibir al soldado que vuelve de la guerra. El fundido en negro nos llevará a la redacción del periódico Shinbone Star, primero, y a la escuela después. Ahí se forja la conciencia, como auténtico baluarte desde el que ejercer el poder. William H. Clothie fotografía el aula destacando la luz natural que entra por la pequeña ventana que hay a la derecha del plano y que se proyecta sobre el fondo, proporcionando una sensación de mayor amplitud. Así consigue resaltar un espacio en que todos, de muy diferente condición, se sienten importantes e iguales. John Ford nos presenta un cenáculo contrapuesto al comedor del restaurante, que vimos en la escena inmediatamente anterior. Toda una declaración de intenciones.

El paréntesis se clausura con la irrupción del hombre que, tras tres semanas de ausencia, reaparece buscando a su fiel servidor Pompey ‘¿Para qué estás perdiendo el tiempo aquí? Vuelve a tu trabajo, la enseñanza ha terminado’, le reprocha autoritariamente el amo. El discurso de las amenazas y del miedo, que trae Tom, disuelve la escuela. Sólo Hallie propone resistirse a sus imposiciones, que marcan a cada uno el camino que debe seguir, ‘vuelve donde debes estar’ –le dice a ella–, a lo que replica con ira ‘A dónde yo vaya y lo que yo haga no es de tu incumbencia, no te pertenezco’.

Prosigue un epílogo desolador, que coincide con el ecuador del metraje. Ransom, ahora en rol masculino, borra del encerado la frase “La educación es la base de la ley y el orden” ante la mirada atónita de la mujer que no comprende su rendición. Se queda sola, con la campana, que representa la libertad de los norteamericanos en la ciudad de Filadelfia, en su mano y rodeada de todo lo que está por venir y que no tiene ya ningún valedor; por eso recoge los libros del suelo y los acaricia sobre su regazo, como la mujer encinta, ilusionada con su criatura. Hay unos instantes en este plano del Ford contemplativo, del amante de la tradición, del cumplimiento del deber, de lo familiar. Pero también aparece el Ford que arriesga y que no se resiste al determinismo. Hallie toma, entonces, la decisión de luchar y sale a buscar al Ramson femenino, pero éste ha renunciado y sigue los planes de enfrentarse al opresor usando también una pistola, por eso ella siente la necesidad del Tom que representa la fuerza. El grito de la mujer al llamarle, es el preámbulo a una trilogía violenta, la agresión de Ramson a Tom, la paliza de Liberty Valance que termina con la vida del periodista Dutton Peabody  y un duelo sombrío sin testigos.

La Revolución Francesa se preguntó, cómo era posible que la mayoría se hubiera sometido siempre a la minoría. En la elección de delegados, que tiene lugar en el bar de Shinbone, asistimos a una democracia tutelada por el miedo que transmite la presencia de los pistoleros. La sociedad, señala Mary Wollstonecraft, debe encontrar mejores soluciones. “Hasta ahora, la fuerza brutal ha gobernado el mundo y es evidente por los filósofos, escrupulosos en dar un conocimiento más útil al hombre en esa distinción determinada, que la ciencia política se encuentra en su infancia. Pero, según la política sana vaya difundiendo la libertad, la humanidad, incluidas las mujeres, se hará más sabia y virtuosa”. (Vindicación de los derechos de la mujer, 1792).

Todo desemboca en un plan de huida, que salve al abogado y cuyo punto de partida es la cocina. Allí acude Pompey –una especie de ángel guardián– buscando al joven, que de nuevo friega los platos con un delantal. Junto a la pila, ocupando un lugar central, aparece la lámpara que pone en tela de juicio toda esta violencia. ‘No vendrá o no viene –responde con rabia Hallie a Ramson cuando éste la corrige su lenguaje– ¿qué puede importar ya? Sea como sea, no habrá escuela si tú te marchas esta noche’.

“¿Qué es la vida? –escribió Florence Nightingale a su hermana Parthenope en 1844– No puede ser simplemente experimentar. Vivir es libertad, voluntad, fuerza y libre albedrío, por tanto, una reñida batalla, con el fin de elegir”. El ensayo más importante que escribió la dama de la lámpara” se titula “Cassandra”, en él reflexiona sobre el papel secundario que tenía la mujer en su tiempo. En esta obra hace referencia al temor de no ser escuchada, tal y como le ocurre al personaje del mismo nombre que aparece en la Iliada de Homero y que marca la mitología femenina. ’Cuando los hechos se convierten en leyenda, –afirma el director del periódico Shinbone Star al conocer lo que de verdad pasó aquella noche con Liberty Valance– no es conveniente imprimirlos’. Lo legendario debe ser creído, aunque no ocurriera. La mujer, que puede predecir lo que va a pasar, es castigada por Apolo a no ser creída. Este mito también se encuentra implícito en film.

El rol que desempeña Ramson al enfrentarse al pistolero es el de mujer, acude con el delantal, atributo de feminidad. La actitud que mantiene Liberty en el duelo es la de sentirse muy superior, juega, desprecia a su oponente, no lo toma en serio, pero hay una cosa que le desconcierta y es que no se desmorona, a pesar de la fragilidad aparente, se mantiene en pie y sigue haciéndole frente. En el relato Dorothy Johnson cuenta lo que está pensando el joven ante esta situación, expresa que tiene miedo, pero que no es un cobarde y su recuerdo, en ese momento, es para Hallie que, en la escena anterior, en la cocina, le ha pedido que no se marche para que haya escuela.

Tom representa lo más genuino de la masculinidad, se siente útil porque es capaz de proteger lo que tiene, lo que le pertenece, pero a lo largo de la narración, sigue un itinerario que conduce a la desnudez. La lámpara de alcohol, con la que la mujer ilumina la oscuridad de la escena descrita al principio, será el instrumento que el personaje utiliza, para quemar el lugar que proyectaba como su hogar. El plano, que muestra la escena, transmite la profundidad del desánimo del director, tal y como indican las palabras, citadas antes, de José Luis Garci. Para John Ford la casa familiar es el santuario de la felicidad. Ahora el moribundo tirado en la carreta, es él mismo, desvalido, necesitado de ayuda, de ser alumbrado por la lámpara de Hallie. Cuando Ramson, en su funeral, mira el cadáver, echa de menos sus atributos masculinos –sus botas, su cinturón, su revólver–, pero le aclaran que los últimos años no llevaba armas encima.

El hombre que mató a Liberty Valance es una historia de fertilidad ‘Este lugar antaño era un desierto, hoy es un jardín’ –afirma la Hallie anciana, al tiempo que pregunta a su marido, el viejo senador– ‘¿no estás orgulloso?’ En un entorno espinoso, el cactus concibe una bella flor blanca, que nos muestra la belleza escondida de Tom Doniphon. Entonces Ramson responde a su mujer formulando otra pregunta ‘Hallie, ¿quién colocó las flores de cactus sobre el ataúd de Tom?’ Aquí está el núcleo de la película, que no es tratar de averiguar lo que hizo un hombre, sino poner en valor la capacidad para alumbrar algo nuevo.

Yo he sido –le contesta Hallie.

 

FICHA TECNICA

Título original : The Man Who Shot Liberty Valance

Año: 1962

Duración: 123 min.

País: Estados Unidos

Director: John Ford

Guión: James Warner Bellah y Willis Goldbeck

Basado en la historia de Dorothy M. Johnson

Música: Cyril Mockridge

Fotografía: William H. Clothier

Reparto: John Wayne (Tom Doniphon), James Stewart (Ranson Stoddard), Vera Miles (Hallie Stoddard), Lee Marvin (Liberty Valance), Edmond O´Brien (Dutton Peabody), Andy Devine (Link Appleyard), Ken Murray (Doc Willoughby), John Carradine (Maj. Cassius Starbuckle), Jeanette Nolan (Nora Ericson), John Qualen (Peter Ericson), Willis Bouchey (Jason Tully – Conductor), Carleton Young (Maxwell Scott), Woody Strode (Pompey), Denver Pyle (Amos Carruthers), Strother Martin (Floyd), Lee Van Cleef (Reese), Robert F. Simon (Handy Strong), O.Z. Whitehead (Herbert Carruthers), Paul Birch (Mayot Winder), Joseph Hoover (Charlie Hasbrouck – Reporter for “The Star)-

Productora Paramount Pictures

24 agosto, 2016 - Posted by | Reseñas de películas.

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